Te espero en la profundidad

Dentro de la corriente ésta de rockerío oscurantón que culebrea por el país en los últimos tiempos, y que dure, me está gustando mucho el segundo disco de Vértigo, La frágil sensación de euforia (bonito título). Que ya sé que tiene más de un año, pero recordad que estáis leyendo al tipo que descubrió MySpace las pasadas Navidades y se compró su primer iPod hace apenas un mes. Al principio me echó un poco para atrás tanta influencia carloscobédica en las voces, pero la falta de originalidad nunca es un defecto por sí sola y en este caso es lo único que se le podría achacar a un disco que suena que atruena (producción de Alberto Seara y el mismo Carlos Escobedo) y rebosa buenas canciones a poco que lo remuevas.


(Sobre el iPod: parece que, al menos de momento, no hay forma de quitar la jodida limitación de volumen en los modelos europeos de última generación. Me cago en la maldita bandera de las doce estrellas. Gimme the deafness!!!).



La presencia de Jhonen Vasquez en Twitter ya es vox pópuli, y un criadero de perlas como “GTA4 hasn’t affected my behavior as alarmists would have you believe, but my more impressionable car now drives like a mad piece of shit”. Sin embargo, lo que muy poca gente parece saber —13 personas exactamente, en el momento de escribir estas líneas— es que Johnny El Maniaco Homicida también está allí. Y es él, el auténtico Johnny C.



Ya en Twitter, el adelanto de lo que será mi post de mañana sobre Expediente X en EliTeVisión. A partir de las 10:00, hora zulú.



¡Gracias, San Dimas!

Hi, and welcome to the future. San Dimas, California, 2688. And I’m telling you, everything is great. The air is clean. The water is clean. Even the dirt… is clean.

Dana DeArmond’s Role Modeling es una porno con aires documentales (¿cockumentary?) donde la novia de internet, siempre presta a hacer El Bien, acompañaba más o menos de la mano a cuatro chicas y un chico en su debut delante de las cámaras con más salpicaduras del negocio. Entre todas las aspirantas a next-pig-thing destacaba una morenaza de bote, turbadoramente parecida a nuestra Cassie, que gracias a su arrebatadora actuación terminaba por comerse a todos sus compañeros de reparto (bien, literalmente sólo a uno). Su nombre artístico, en sentido homenaje a la excelentísima patria de Theodore Logan y el señor William S. Preston, era Andy San Dimas.

Desde entonces, con tan sólo una película y algunos vídeos para la web Device Bondage —sadomasoquismo de ambientación post-industrial que impulsa a buscar urgentemente otra denominación para Hostel y derivados; esto es torture porn—, el mensaje de amor de Andy se está extendiendo como un virus por todo el mundo, gracias en gran parte a un emporio blogosférico con ramificaciones en MySpace, LiveJournal y VividAlt (una lección bien aprendida de su maestra, la señorita DeArmond). Para este año se espera su segunda película, dirigida por Eon McKai, así que es muy posible que después de todo la humanidad no tenga que esperar 680 años para vivir la revolución de la San Dimas del Amor.



He muerto y he ido al cielo de los dibus: Cassie Hack se une a las SuicideGirls.



Once días sin internet, once días en los que sólo he utilizado el ordenador para a) ver las pelis que el reproductor del salón no pillaba (gloriosa Mulberry Street, cagándose con cuatro perras y cuatro ratas en todo el maldito juego de Hollywood) (y ahora mismo estoy pensando en el jodido remake de Pulse), b) jugar al Puyo Puyo con C. (para los no iniciados: no es nada sexual) y c) darle de comer a, oídme balar, mi primer iPod (en la imagen, enfundado en su flamante iSee, adquirida en eBay por 10 euros menos de lo que cuesta en la Apple Store y aun así inmoralmente cara).

Sólo once días, y mi Bloglines amenaza con colapsarse bajo el peso de tanta entrada pendiente. De momento ya me he llevado la primera gran alegría de la vuelta, al encontrarme con que el megaproyecto-ultrasecreto que se estaba fraguando antes del apagón está ya a punto de materializarse: Xtreme es lo mejor que le ha pasado al ocio duro de este país desde el advenimiento de las vaginas en lata, un despliegue absolutamente deslumbrante de amor consolero y sabiduría recreativa, y Mondo Pixel Vol. I promete ser una versión hiperevolucionada de todo eso, como un brik de tetas.



When you were Shouting At The Devil… We were In League With Satan.

Debo de tener el día tonto, porque me ha hecho mucha gracia esta canción de los meta-metaleros Zimmers Hole. Supongo que la mía podría titularse “When you were In Utero… I was Somewhere Far Beyond”.


In my youth, I learned the Truth, PURE METAL was the only way
Glam rock can suck a cock, it’s strictly for the closet gay
Burning bright, my wheels ignite, burning to the other side
Exodus was fucking right, ALL THE POSEURS MUST DIE!

When you were Shouting at the Devil
We were In League…

Drink and fight, every night, take your women away
Embrace the dark and leave your mark, you know there’s hell to pay
We live proud and love it loud, you wish you were one of the Crue
Worship your transvestite gods, my sword will run you through!

When you were Shouting at the Devil
We were In League…
When you were Shouting at the Devil
We were In League…

With Satan

In the pit of shadows blows the wind of stench
Familiar to those who know…



Ya en Twitter, el adelanto de lo que será mi post de mañana sobre Expediente X en EliTeVisión. A partir de las 10:01:09.



Alice Cazapodridos, o A la resurrección por la extinción

Ya lo dicen los daneses: el secreto está en mantener las expectativas bajas. Me pasó hace poco con La Jungla 4.0, que a pesar del villano y el sidekick indignos y el tonillo crepuscular —argumental, y cromático: esa fotografía azulada hacía temer una incursión de vampiros setsis y hombres lobo garrulos en cualquier momento— logró divertirme a lo grande durante más de dos horas seguidas, haciéndome arrugar el ceño mucho menos de lo esperado; y ha vuelto a pasarme hoy, pero mucho más a lo bestia, con Resident Evil: Extinction.

Está claro que las bajas esperanzas tenían un origen bien distinto en cada caso: por un lado, algo tan simple como que Die Hard es Die Hard y Underworld no; por el otro, que después de un truño como Resident Evil: Apocalypse, aquella injugable sucesión de cutscenes tediosas y problemas de cámara mortales, cabía esperar que lo único salvable de su secuela fueran la banda sonora de Charlie Clouser y los muslos de la Jovovich. Y ha resultado que no, que Russell Mulcahy se ha sacado de la manga un frenético machacabotones sin apenas tiempos de carga, rebosante de sangre, explosiones y zombis de todas las especies, que incluso explota el hecho de que la Alice de Paul W.S. Anderson sea tan plana por dentro como curva por fuera para convertirla en la Terminatrix a tiempo completo que siempre debió ser, one-liners bastos incluidos. El final me hizo babear pensando en las posibilidades de una cuarta entrega que como mínimo mantuviese el nivel de ésta, y el conjunto casi me dio ganas de revisar las dos anteriores. Casi.



The Evil That Men Do: mala fatiga me entre si tamaño producto de los 80 —dicho esto desde la más tierna y encandilada de las admiraciones— no pide a gritos una versión 2000’s. No la canción de los Maiden, esa canción es intemporalmente perfecta, sino el film de Charles Bronson, que aquí se llamó Justicia Salvaje y que más de un fangorio y más de dos vimos por primera vez porque Jesús Palacios decía en Goremanía que el final parecía de película de zombis. No dejo de pensar en lo que Zack Snyder podría hacer con esa última secuencia, retorciéndola y estirándola hasta comerse la mitad del metraje, transformando a los mineros tullidos en sosias de Efialtes con las mismas maneras de sus muertos amanecidos; o Eli Roth con las clases magistrales del siniestro doctor Molloch (¡gran nombre!), el villano maestro de torturadores, quizás convirtiendo la primera parte de la película en un cachondo biopic del insigne Inquisitor Generalis. Lo chungo sería encontrar un sustituto para Bronson… ¿Vin Diesel con mostacho, tal vez?